“Volá, Angel del orto”, decís, y le metés 167 tiros que le pasan de largo porque los ángeles son como de humo, o algo así. Igual por las dudas el enviado celestial se toma el buque y vos quedás con las huestes arjoneras ahí nomás, al alcance del arpón. Con toda la intención de encabezar una Jihad contra la mersada, te preparás para disparar, haciendo blanco en una fanática especialmente densa que se sabe los temas que el guatemalteco todavía ni grabó y tiene una remera con una foto de la Peste usando una remera con la foto de sí mismo. Sin embargo, justo cuando te aprestabas a apretar el gatillo, a un transbordador espacial que andaba por allá arriba se le avería el perno de la retranca, se viene a pique y te cae en la cabeza. Y te morís aplastado, obvio, porque sos un gil.