viernes, 12 de agosto de 2011

Por qué si gana Cristina desaparece la Argentina


“Grandes poderes traen grandes responsabilidades” – El Tío del Hombre Araña


Asumirse como comunicador implica un cierto grado de responsabilidad social. Uno bien puede manejar un dato crucial para el país y decir “meh” y seguir tirando hashtags pelotudos en Twitter como si nada, pero tal actitud sería poco afecta a la deontología de la profesión y, más aún, poco adecuada para los tiempos de agitación ciudadana que se viven desde la instauración de la anhelada Patria Socialista en nuestra querida república. Por eso, aún cuando no se me conoce en el ambiente periodístico por mi expresión política sino más bien por desearle la muerte al falso metal o denostar a Pier, me siento en la obligación de hacerles conocer el resultados de una acabada investigación sobre el aciago futuro que le espera a nuestro país ante un potencial triunfo de la doctora Cristina Fernández de Kirchner en los próximos comicios. Si logran captar la trascendencia que subyace en las líneas que se aprestan a leer, les pido que actúen en consecuencia y le otorguen su voto a fuerzas más del palo como la de Altamira o la de Bonacci. Y si no, chúpense un pito por ignorantes.

A continuación, cinco razones por las cuales, si gana Cristina, la Argentina desaparece.

1) Porque su triunfo en la elección nacional seguramente volverá a poner a Daniel Scioli al frente de la Provincia de Buenos Aires. Tiempo después, tratando de paliar su crisis interna desatada por la caída financiera global, acaudalados empresarios japoneses se mostrarán interesados en invertir en el país, pero se verán notoriamente deshonrados por la negativa del Gobernador a estrechar su mano en gesto de cordialidad. Re calientes, optarán por hacer circular la noticia en los demás estados chinoides, que en el peor de los casos nos declararán la guerra conjuntamente y en el mejor, ordenarán el cierre inmediato de todos los mercaditos y las casas de ropa berreta, lo cual llevará a la población local a morir horriblemente de hambre, sed y frío.

2) Porque la confirmación de su segundo mandato presidencial traerá aparejada que su compañero de fórmula, el economista y liberal copado Amado Boudou, pase a estar demasiado ocupado con sus tareas oficiales y, por ende, ya no pueda compartir escenario con sus amigos de La Mancha de Rolando. Esto, más allá de la evidente mella a la cultura nacional, redundará en que la TV Pública deje de cubrir los conciertos del grupo de Avellaneda por considerarlos de nulo interés nacional y popular, con lo cual los jóvenes afincados en las lejanas fronteras del país ya no estarán en contacto con la música de rock, perdiendo así toda incentivación de rebeldía y convirtiéndose en una manada dócil que se deja llevar de las pestañas hacia cualquier zaranda del cipayaje. De esta forma, cuando la armada boliviana llegue a colonizarnos en busca de la salida al mar que su territorio se obstina en negarles, los jóvenes conscriptos no demostrarán interés, los dejarán pasar sin resistencia a cambio de pesopalabirra y la república quedará sometida y convertida en un gigantesco Once con los cuatro climas.

3) Porque su victoria representará la derrota de Eduardo Duhalde, que –ante un nuevo fracaso electoral– cumplirá su promesa de retomar la actividad inmobiliaria, lo cual paradójicamente lo beneficiará sobremanera, teniendo en cuenta el boom de la construcción y la renta que sobrevendrá con un tercer gobierno K consecutivo. Con esto, el ex presidente se hará multi millonario y usará su fortuna para comprar, hectárea por hectárea, la totalidad del territorio nacional, echando a sus moradores a gomazos, loteando las tierras y revendiéndoselas a sus allegados, unos prósperos empresarios del rubro agrícola provenientes de Colombia, que las usarán para plantar frambuesas que luego, obviamente, no nos convidarán.

4) Porque un triunfo electoral le disparará la autoestima, primero a la estratósfera y luego a Japón en una hora y media, justo en el preciso instante en el que por fin dé por cerrado el duelo por su viudez, con lo cual se vendrá el chongaje y desfilarán gigolós por la recámara presidencial cual trompada de mogólico, situación que derivará en una marcada frivolización de su persona y en la adquisición de una bocha de enfermedades venéreas. Así, en un delirio febril causado por un complicadísimo caso de Súper Sífilis que su médico de cabecera no sabrá curar, firmará un Decreto de Necesidad y Urgencia dándole a su más asidua compañera de juerga, la melliza Xipolitakis que sí sabe que si respirás abajo del agua te morís, el cargo Ministerio de Defensa, puesto que la vedette aceptará pensando que tiene algo que ver con enfiestarse con los cuatro fullbacks de Boca. Poco después, alertado sobre esta cuestión, el ejército de la incipiente república de Sudán del Sur caerá a limarnos masivamente el buje y esbozaremos como contraataque un “ay, blda, no sé”. Los negros llegarán sin restricciones, se afincarán en –digamos– Liniers y de ahí se trasladarán al resto del país, reduciendo al pueblo argentino a una eternidad de esclavitud, venta de anillos siomes y excruciante dolor sodomita que querremos aliviar con pomos de Manzan que nos sostendrán desde lejos mientras nos dicen “ajá, no te do-oy”.

5) Porque si gana, el maremágnum de felicidad anticlarinista le causará a Orlando Barone un ACV que lo marginará del panel de 678, lo que llevará a un crecimiento del protagonismo de Cabito, que en realidad no forma parte del programa por cuestiones ideológicas sino más bien porque en el 7 hay calefacción. Con esto, el último bastión anti monopólico perderá en sesudo análisis político y ganará en chistes zanguangos con timing discutible, engendrando así una generación de difusos militantes peronámbulos que circularán por las calles sin saber bien qué hacer cuando Miguel Del Sel se postule a presidente, ya que por un lado le pone Mengele como nombre a su hijo menor pero por el otro se te disfraza de la Tota y te cagás de risa. Esta dicotomía dividirá al grupo de zombies peronistas y lo enfrentará en una lucha intestina de 100 días y 100 noches que terminará, ya no sólo con la Argentina, sino con el resto de la especie humana y, quizás, también algún que otro insecto de poca monta.