La idea de visitar Urano te viene rondando la cabeza desde aquella noche en la que, tras ingerir al menos dos galones de Fernet Chabona, soñaste que eras un astronauta al que un piedrazo le rajaba el vidrio de la nave y debía parar en un planeta poblado por emigrantes suecas ávidas de poner a prueba la resistencia de tu entrepierna. “Yo me compro un plato volador y me tomo el palo”, decís, y lo hacés.
El tema es que justo pegás que es fin de semana largo y la ruta a Urano va a paso de hombre. Te hinchás las bolas y parás en el Atalaya de Júpiter a comprar medialunas intergalácticas, y te sentás a comerlas al lado de una familia con tres nenes que están jugando a ver quién vomita más alto. Odiando la sola idea de que todavía exista vida en la Vía Láctea, volvés a la nave y te ves obligado a tomar otra decisión: ¿seguís comiéndote la amansadora de la ruta cargada, o llenás la nave de trotyl y la estallás contra una guardería en Adrogué?
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